Entrevista
al Padre Felipe Berríos
Fuente: REVISTA ATREVETE (FONADIS)
Para
comenzar, quisiéramos conocer su visión sobre la discapacidad
Creo
que el punto de partida para hablar de discapacidad es reflexionar
sobre el sentido de nuestras vidas. A menudo se nos olvida el fin
de nuestra existencia y desde esa mirada, obviamente que no podremos
comprender la discapacidad. Cada uno está en la tierra para
amar y ser amado; sin embargo, a veces pensamos que estamos aquí
para competir. En esa perspectiva, los verdaderos discapacitados somos
nosotros, porque quienes tienen limitaciones de distintos tipos, pueden
perfectamente llegar más rápido a comprender el verdadero
sentido de la vida.
¿Esto quiere decir que las personas
con discapacidad tienen una suerte de ventaja frente a los que no
lo son?
Para el evangelio, el rico es quien cree que todo lo merece y por
tanto no agradece nada, el pobre -en cambio- es quien siente que no
merece nada y todo lo que recibe lo goza, todo para él es un
regalo. Nosotros, quienes nos consideramos normales, somos autosuficientes,
nos cuesta mucho pedir ayuda, no sabemos dar sin esperar nada a cambio.
Las personas con discapacidad, por el contrario, desde que nacen o
adquieren una discapacidad, comprenden que muchas veces tienen que
depender de los demás. Eso los hace más humildes y obviamente
más pobres, en el concepto evangélico de humildad y
pobreza, por tanto, también más bienaventurados a los
ojos de Dios. Las personas con discapacidad no pueden centrar su vida
en lo externo. Asimismo, conocen el dolor y a través del sufrimiento
se humanizan. Esto no significa que todos ellos sean un ejemplo de
vida, pero practican virtudes que a veces son muy escasas en el común
de la gente.
¿Cuál ha sido su experiencia
con el mundo de la discapacidad?
Hay una experiencia personal que a mi me impactó y me marcó
muchísimo. En México me tocó conocer un hospital
para personas discapacitadas y con muchas deformaciones físicas,
que eran cuidadas por unas monjitas a quienes yo visitaba regularmente.
Cierto día, las hermanas tuvieron que salir y me pidieron si
me podía quedar a cargo, mientras ellas regresaban. Mi papel
era sólo mirar que todo estuviera en orden, porque ellas llegarían
a preocuparse luego de las medicinas, el aseo personal, etc. No sin
cierto temor, acepté quedarme con cerca de 30 niños
y jóvenes con discapacidad. La ley de Murphy se hizo presente
en esa oportunidad. Las monjitas no regresaban nunca, el tiempo pasaba
y yo veía que las personas se intranquilizaban y las hermanas
no aparecían. De pronto, una joven de aproximadamente unos
25 años, que era ciega y no tenía ni brazos ni piernas,
me pidió desesperadamente que la mudara, yo le expliqué
que no sabía hacerlo, pero ella me insistía y me rogaba
porque si no la mudaba podía infectarse y le saldrían
heridas. Al principio, me corrí lo más que pude, pero
finalmente no me quedó otra y tuve que enfrentarme con algo
que jamás había hecho y menos con una persona adulta.
Ella, a pesar de no ver, percibió mi incomodidad y me preguntó
¿ te sientes mal ? Antes que le respondiera ella replicó:
yo me siento aún peor. Comenzamos a conversar y me contó
su historia: Recién nacida, había sido tirada al basurero
y después de dos días, la habían encontrado medio
muerta. Llevaba 25 años en ese hogar y aunque no podía
moverse, no veía y dependía 100 por ciento de otros,
esta mujer me impactó por su alegría, una alegría
como yo nunca antes había visto. Verdaderamente le brotaba
de lo más íntimo y profundo. Ella se dio cuenta, además,
que muchos otros enfermos del lugar necesitaban ayuda. Entonces comenzó
a instruirme para que pudiera asistirlos - "El que está
en la cama 3 necesita tal remedio, el otro quiere que le des agua,
el más allá necesita que lo cambies de posición".
Así, con la ayuda de una persona ciega, pude asistir a los
que lo necesitaban, mientras regresaban las monjitas. En esos momentos,
yo me sentía absolutamente más discapacitado que ella.
Otra persona que me ha impactado profundamente es Daniela García,
la joven estudiante de Medicina, que quedó mutilada después
de caer de un tren. Tanto ella como mi amiga de México, son
un ejemplo de humildad, de fe y de fuerza. Creo que el secreto de
ambas es el mismo del Padre Hurtado: no estar centrado en uno mismo,
sino que en los demás.
¿Cómo percibe a la sociedad
chilena en relación con la discapacidad?
Creo que la Teletón ha hecho un aporte extraordinario. La gente
en general es acogedora con las personas con discapacidad, una vez
que se rompe la primera barrera. Porque lo que ocurre es que las personas
no saben cómo acercarse a una persona con discapacidad, no
saben cómo ayudarla. Muchas veces me ha tocado ver a una persona
ciega tratando de atravesar la calle y a mucha gente a su alrededor,
sin saber cómo aproximarse. Los chilenos somos un poco tímidos
en este sentido, porque tenemos miedo a la reacción del otro,
no es por maldad o por falta de preocupación, es más
bien por una real falta de conocimientos acerca de cómo interactuar,
de cómo nos entendemos con la discapacidad.
¿Y qué se le ocurre a usted
hacer para vencer estas barreras?
Creo que hay que dar ejemplos concretos. Me acuerdo que en Holanda
conocí a una familia que tenía un hijo con Síndrome
de Down. En ese caso, el Estado se preocupaba de buscarle un puesto
en una empresa que estuviera cercana a su domicilio, a la vez que
subvencionaba este empleo. Así, este muchacho, cuya discapacidad
era bastante severa, se dedicaba a poner estampillas en algunos sobres
y la verdad es que llegaba a su casa contento porque se sentía
útil para el mundo y se relacionaba con otras personas, lo
que le ampliaba su visión. Trabajar es un bien, no hacerlo
-cualquiera sea el motivo- es a mi juicio un castigo que no deberían
padecerlo las personas con discapacidad. Mirándolo desde otro
punto de vista, tengo la experiencia aquí mismo, en Un Techo
para Chile, de un muchacho con discapacidad, cuyo aporte más
importante ha sido humanizar el ambiente de trabajo y a crear un clima
de mayor comprensión y profundidad, ha sido increíble.
Se trata, entonces, de pensar en positivo
Creo que debemos volver al punto de partida de nuestra reflexión:
Si el fin de nuestra existencia es amar y ser amado ¿qué
relevancia tiene la discapacidad en este contexto?
Incluso
puede convertirse en una ventaja. Hay tantos ejemplos en la historia
que nos demuestran que la imagen externa es como una cáscara
que se desprende y derrumba en cualquier instante. Sin ir más
lejos, la propia Marilyn Monroe, físicamente era perfecta,
pero terminó suicidándose, porque no tenía un
sentido por el cual vivir. El tener un buen estado físico no
garantiza nada. Cuando a Jesús le traen a un ciego y Él
le permite ver, proclama que a través de ese ciego quiere abrirle
los ojos a todos los que no quieren ver. Para mí es muy importante
no confundir una discapacidad física con un castigo de Dios
o con una prueba que el Señor nos pone en el camino. La verdad
es que Dios no juega así con sus hijos amados. Dios nos cuida
a todos, amorosamente, porque no importa nuestra condición,
todos podemos amar o ser amados.
¿Qué le diría a los
papás de un niño con discapacidad?
Les diría que miren a su criatura con otros ojos. Que ella
no vino a la tierra para competir. Les diría que lo único
que uno espera de sus hijos es que sean felices y que no teman, porque
sus hijos probablemente tengan más posibilidades, incluso que
los niños sanos, de lograrlo, porque vinieron al mundo a amar
y ser amados
Solamente eso y nada más que eso.
Volver